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Niños esclavos

Por: Fander Falconí

Sin salario legal, sin seguro, ni derechos que los amparen, los niños que trabajan son los esclavos del mundo de hoy quienes, además, no tienen derecho a educarse bien.

Y sin educación no hay manera de lograr el Buen Vivir. La educación, como toda estructura construida, tiene bases. Tales bases solo pueden cimentarse en la niñez. No hay manera de tener educación de calidad sin una primaria de calidad. El panorama desastroso sobreviene cuando, en las clases pobres, los niños tienen que trabajar y dejar de estudiar.

Una de las características de la estrategia de acumulación neoliberal era la tendencia —siempre perversa— de tener a los grupos más pobres y vulnerables como principales perdedores de los procesos de ajuste económico.

Veamos, en cambio, lo que ha hecho la Revolución Ciudadana: la incidencia del trabajo infantil ha disminuido del 17% en 2006 al 5,8% en 2011, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu) del INEC. Esto significa que 450 mil niños, niñas y adolescentes dejaron de trabajar. Además, se logró erradicar el trabajo en basurales.

Desde 2007, de forma independiente al ciclo económico, se ha reducido en forma sistemática el trabajo infantil, lo que no ocurría antes. El libro recientemente publicado “El trabajo infantil en Ecuador” muestra esta información y un análisis costo-beneficio de su erradicación.

La Constitución de Montecristi (2008) tuvo un rol fundamental para la afirmación de los derechos de los niños, niñas y adolescentes. Esta recogió los avances más sustantivos, en materia de derechos —expresados en diversos instrumentos— y los tradujo a objetivos y metas específicos en la planificación.

Lo importante de esta reducción es el acompañamiento de una política pública agresiva para la reinserción estudiantil y mayores niveles de escolaridad de las niñas, niños y adolescentes (pues aumentó el porcentaje de los niños que estudian y no trabajan de 77% en 2006 al 90% en 2011). Falta consolidar la erradicación en las áreas rurales.

Pero hay un factor determinante que no debemos soslayar: una variante cultural indeseada. Sabemos que toda cultura conlleva su cara oculta. De otro modo no se explicarían los sacrificios aztecas, la Inquisición y las invasiones de hoy, hechas siempre, ahora como ayer, en nombre de altos principios culturales, en este caso último: la democracia y la libertad.

Lo mismo ocurre también con lo que Oscar Lewis llamó “la cultura de la pobreza”. Los muy pobres, a veces, están convencidos de que los niños deben trabajar. En ese estrato social, la tarea es grande: para educar a los niños debemos también educar a los padres.

Editorial publicado en Diario El Telégrafo el miércoles 30 de mayo de 2012

Fuente: El Telegrafo

 

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